Los días pasan y mi mochila pesa cada vez más. No, no estoy a gusto en China y mi viaje se hace ahora sí cuesta arriba cuando creía sería al contrario, superados los desiertos y cerca de cuatro meses haciendo camino. No es el problema de comunicación, nada nuevo en mi viaje, no son las dificultades en el moverse y en orientación, pues voy encontrando soluciones, no es la fatiga del viajero, pues mi inquietud por avanzar sigue casi intacta. No, son las distancias, largas, enormes, físicas y mentales, entre las ciudades, y entre mi mente y sus mentes. No encuentro rastros de la cultura milenaria que se presupone, sólo atracciones para turistias y masas teledirigidas que copan taquillas y tiendas de souvenirs. No encuentro un mínimo razonable de pensar en el de enfrente, sino una guerra en cada esquina donde los pasos no se ceden sino se conquistan.
Y no encuentro libertad, sí, sobre todo libertad, sino una tropa de hormigas obreras siguiendo son pensar los dictados de una reina que se hizo trilera y sacó del cubilete la palabra consumismo. Desiertos con alambradas y carriles con un único sentido.
He aquí la Gran Muralla, la que me distancia de forma irremisible y la que me hace no estar a gusto.
Así que pienso ya casi sólo en salir, y busco el camino. Y de nuevo será por el este, cumpliendo con mi estrella y mi camino. Pekín se abre hacia el mar, puerta de salida, y será mi último objetivo buscando libertad y lo que quede de la China Imperial. Intentaré aprehender hasta el final, aún renunciando a los magníficos paisajes del sur, que temo sean hoy ya también otra muestra del artificio del que pretendo huir.
Desde Yichang y el río Yangtsé mi ruta apunta al nordeste hacia la mítica Xi´an, enlazando nuevamente con la Ruta de la Seda, última parada antes de Pekín.
Y Xi´an me recibe con lluvia imperial y tráfico ancestral, poco queda de la que un día fuera capital de la China Ming, cuadrícula
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| Xi´an, barrio musulmán |
amurallada con puertas horadadas por coches y autobuses, templos salteados que aún hoy sobresalen por encima de la ciudad, ¡que resulta musulmana! Paradoja interesante, los Hui son casi tantos como los Han, y un barrio de humo, panes y brochetas, en torno a la Mezquita, hervidero comercial imán del turisteo, mezcla heterogénea con sabor bien peculiar, media luna de Xi´an.
No muy lejos de la ciudad se hallan sus más famosos moradores, esperando una señal yacen los Guerreros
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| Guerreros de terracota, Xi´an |
en hangares de impresión, petreos y en formación, prestos a repeler a la tropa de curiosos, lanzas frente a cámaras, terracota endurecida tras siglos de reclusión. En qué pensaba el Emperador para organizar tamaña horda, hoy rompecabezas casi eterno de piezas imposibles, delirios de grandeza y ansia de inmortalidad, Keops y rascacielos, tan lejos y tan cerca.
Y ahora ya sí Pekín, Beijing para enterderme, directo a
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| Plaza de Tian an meng |
Tiananmén, centro de gravitación de este planeta particular, Mao y la Prohibida y la sombra de algo que no fue, la rosa no pudo con el tanque y hoy los árboles adornados con ramas videovigilantes.
Sucesión de puertas y murallas, hormiguero incesante bajo un cielo abrasador,
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| Ciudad Prohibida |
la Ciudad Prohibida perdió su virginidad y ya no recuerda ni cuándo ni por qué, el Emperador se fue un día y nadie sabe dónde está.

Y mientras el tiempo cumplía siglos, alrededor de la Ciudad creció un bosque que hoy son hutong, ni favelas ni chabolas pero un algo de infravivir, miniatura con tipismo que se hace laberinto, sus callejuelas hacen de Beijing, una ciudad singular, esquinas de ricksaws y un tiempo distinto a los demás.
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| Calle de un hutong |
La Muralla en su lugar, impasible en la distancia, historia serpeante sin principio ni final que ve cómo su ombligo es invadido por telesillas. Pero camina aún majestuosa por las
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| Gran Muralla |
montañas en verde casi tropical, se pierde la mirada y no puedo si no maravillarme por la grandeza descomunal de un pasado sangriento en su fin y en su origen, y que exculpo por su hermosura.
La historia apunta a su final y consumo ya mis días en China y
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| Templo de la Fragancia, Palacio de Verano |
Pekín. En salto milenario paso del templo confuciano al moderno del balompié, encuentro inesperado en los pasillos del suburbano que se prolonga al salir, invasión de seres verdes en busca de Hamelín, me uno a la tropa con algo de curiosidad y un mucho de familiaridad, esta senda la conozco aunque el final sea distinto, 2 a 1 para el Beijing aunque lo escuche desde mi hostal.
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| Aficionados del Beijing se dirigen al estadio |
Y me despido en el Nido, reflejo de color y de la China de hoy en día, luces de neón publicitando sensaciones de algo que no es, modernidad encorsetada en un nido protector que en realidad es una mordaza, artificio llamativo que se impone aquí y en todo el orbe, porque el mundo es hoy masa y Ortega
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| Nido de Pájaro, Estadio Olímpico |
quedó apresado por las ramas de este nido, que ni Chés ni Robespiers, la Rebelión no fuma en pipa ni necesita guillotinas, sino un mucho de retrovisor y otro tanto de cavilar, y ni lo uno ni lo otro encuentro en China
y quizá en ningún lado, es tiempo de partir, y de seguir buscando.